Durante mucho tiempo pensé que el Día Internacional de la Mujer era una fecha para hablar de consignas, estadísticas o luchas colectivas. Con los años entendí que también puede ser una oportunidad para pensar en todo lo que ocurre después del miedo. Porque detrás de cada discusión pública sobre derechos, desigualdades o violencia hay historias personales que casi nunca aparecen en los titulares. Historias silenciosas, hechas de decisiones difíciles, de miedos atravesados y de caminos que muchas veces hubo que reconstruir desde cero.


La violencia contra las mujeres no siempre adopta las formas más visibles o extremas. Muchas veces se manifiesta de maneras más sutiles: en el control, en la descalificación, en la necesidad de marcar límites sobre la vida de otra persona, en la idea de que alguien tiene derecho a decidir hasta dónde puede llegar una mujer. Ese tipo de violencia deja marcas. Pero también deja algo más cuando una mujer logra atravesarla: una certeza profunda sobre su propia fuerza.


Muchas mujeres descubren en esos momentos difíciles capacidades que después las acompañan toda la vida. La intuición para leer el mundo, la determinación para sostener decisiones propias y la convicción de que nadie puede definir quiénes somos ni hasta dónde podemos llegar. Incluso en contextos donde todavía persisten lógicas profundamente machistas, muchas mujeres aprenden a abrirse camino. A moverse con cuidado, a cuidarse entre ellas, pero también a ocupar lugares que durante mucho tiempo parecieron vedados. Nada de eso ocurre sin costos. Detrás de cada mujer que hoy sostiene su autonomía, su voz y su proyecto de vida hay historias de esfuerzo, de renuncias y de reconstrucción que pocas veces se ven.

Por eso el 8 de marzo no es solo una fecha simbólica ni una consigna. También es un recordatorio de todas esas historias que existen detrás de cada mujer que sigue adelante. Historias de mujeres que, aun cuando tuvieron miedo, eligieron no detenerse. Porque cuando una mujer atraviesa el miedo y descubre su propia fuerza, algo cambia para siempre: ya nadie vuelve a decirle quién puede ser.

Tal vez de eso también se trate el 8 de marzo: de recordar que cada vez que una mujer se reconstruye, el miedo pierde un poco más de poder.


Macarena Parodi Gómez
Lic. en Ciencia Política
Universidad de Buenos Aires