Cuando se creía que había ciertas discusiones que estaban saldadas, la realidad nos mostró otra cosa. En la madrugada de ese fatídico domingo, Omar Mir Seddique Mateen, un estadounidense proveniente de Nueva York y de 29 años, ingresó al club/discoteca LGBT “Pulse”. Allí desató una balacera, en donde mató a 50 personas y otras 53 terminaron heridas. No era casualidad la elección de ese lugar. El padre del asesino, al ser consultado si este hecho había estado basado en algún extremismo religioso, lo negó rotundamente y contó un episodio de furia de su hijo, por ver a una pareja gay besándose. Con el diario de lunes, tampoco pareciera que fue coincidencia que haya optado por ir ese día, donde la temática era “Noche latina”. 2 grupos de minorías que se juntaban a celebrar, a relacionarse en un ámbito de seguridad, se convirtieron nuevamente en víctimas. El último caso similar data de 1973, en Nueva Orleans y donde hubo 32 muertes.
Bárbara Poma, dueña del club, declaró que a “Pulse” lo abrió en homenaje a su hermano que había fallecido de SIDA. Enfermedad, que tanto le costó reconocer a la Casa Blanca, allá por los ’80, y que esa demora habilitó a que mueran más personas y la llegada del tratamiento se dilatase. Otra vez la tragedia golpea la vida de esta empresaria y siempre por el mismo motivo: odio. Odio hacia las disidencias sexuales, entonces no se preocuparon por hallar una cura o tratamiento (o al menos reconocer la problemática). Odio, porque más del 20% de los crímenes, tienen esta fuente de motivación.
Omar Mattenn murió por una bala de la policía, mientras este tenía rehenes.
Sin dudas, otro caso más que va a quedar en la historia de la sociedad y sobre todo, del colectivo LGBT.
Esta columna escrita es el resultado de una radial, que sale al aire todos los jueves en El Termómetro Radio por Radio X Pilar 100.3 de 13 a 14 horas. (Columna LGTB por @emesanmartin .)





